De la generosidad del artista

EL ARTISTA NO ES EL ARTE, ES EL VEHÍCULO

Sobre el talento, la generosidad y la responsabilidad de compartir y participar del camino

Cada persona sueña con crear su propia historia, aquella en la que se sienta el protagonista indiscutible. Pero qué fácil sería todo si entendiéramos que podemos ser a veces el actor principal y otras ser tan necesarios y claves como los secundarios que ayudan a que otros, no nosotros, sean los protagonistas de su propia historia.

Pero la vida es sabia y pronto nos pone a cada uno en nuestro lugar.

Hay algo que llevo mucho tiempo meditando como consecuencia de lo que observo últimamente en el mundo del arte y que cada vez me hace reflexionar más: la facilidad con la que podemos llegar a confundir el talento con la persona que lo posee. El todo con la parte que ayuda a que se conforme el todo.

Quizá porque crear algo hermoso produce una sensación profundamente íntima, ocurre que, a veces, confundimos qué o quién adquiere la importancia, la obra o el artista. Una obra nace de nuestras manos, de nuestras experiencias, de nuestras emociones y de nuestra manera particular de mirar el mundo. Y es comprensible que terminemos sintiendo que aquello que hacemos nos pertenece completamente.

Quizá deberíamos contemplarlo justo, al contrario. Así como el maestro no es el conocimiento si no el potente vehículo a través del cual podemos divulgar, expandir y hacer llegar el conocimiento, el artista no puede creerse en el derecho de adquirir la consideración del “mayor del Arte”.

Tal vez nosotros, los artistas, no seamos el arte. Tal vez seamos “sencillamente” su vehículo.

Así como el cable y el enchufe no son la electricidad si no aquello que la hace correr y llegar hasta el objeto que genera la luz, con el artista sucede algo parecido.

Venimos a este mundo dotados de una capacidad especial e infinita de movimiento creativo. Nos servimos de nuestra forma original de mirar el mundo y todo aquello que se cruza en nuestro camino, una intensidad que nos hace disfrutar en exceso de las alegrías y apenarnos en demasía por las tristezas, nuestras y de otros. Las trabajamos durante años y, por supuesto, estudiamos, practicamos, nos equivocamos ¡miles de veces! y dedicamos incontables horas a aprender un oficio. Nada de eso debe minimizarse.

Pero cada vez estoy más convencida de que aquello que nos ha sido dado solo alcanza todo su sentido cuando somos capaces de ponerlo al servicio de los demás.

El Talento adquiere su verdadera dimensión cuando adquiere la consideración de un bien común y pasa a ser patrimonio al servicio de los demás.

El talento no empieza y termina en nosotros. Nos ha sido concedido para poder trasladarlo, dar ejemplo de ello, compartirlo y hacer que siga creciendo en beneficio de todo al que le llegue y de su entorno. ¿Qué hubiera sido si Bernini, Da Vinci o Miguel Ángel hubieran guardado su talento exclusivamente para sí? Y no nos quedemos solo en el Arte, extrapolémonos a la ciencia, por ejemplo, ¿qué habría sido de la humanidad sin aquellos que dedicaron y dedican su vida a investigar, descubrir y comprender el mundo y la vida hubieran hecho lo mismo?

Probablemente, muchos de los avances que hoy consideramos indispensables para la vida jamás habrían llegado hasta nosotros. Marie Curie, Alexander Fleming, Santiago Ramón y Cajal, o si Jonás Salk hubiera antepuesto su beneficio personal a la posibilidad de proteger a millones de niños contra la poliomielitis.

Y esto no ocurre únicamente con los artistas o los científicos. Cada ser humano llega a este mundo dotado de unas capacidades diferentes. Hay personas extraordinariamente capaces de cuidar; otras, en cambio, de enseñar; algunas, tiene la facilidad de escuchar, o el juicio para discernir lo que es correcto de lo que no lo es. Construir, organizar, comunicar, promover, entender, alimentar, crear, sanar… Para todas estas necesitamos que alguien aporte lo mejor de si mismo al servicio de los demás.

Es aquí donde reside una de las mayores responsabilidades del ser humano cuando alcanzamos la etapa de madurez: descubrir aquello para lo que somos capaces de aportar al mundo y comprender que nuestros “dones” alcanzan su verdadero sentido cuando los ponemos al servicio de los demás.

No hace falta ser Miguel Ángel, ni Marie Curie o Rafael Sancio para que nuestras capacidades tengan un valor extraordinario. A veces, el talento más transformador es el de la maestra que consigue despertar la curiosidad de un niño, el de aquella persona que sabe escuchar cuando alguien se encuentra bloqueado, el del cocinero que vela por la alimentación y la salud de los más pequeños o el de aquellos que saben acondicionar los espacios para que los demás llevemos a cabo nuestra tarea cómodamente.

Y quizá ahí se encuentre una de los aspectos más hermosos de nuestra condición humana: nos necesitamos unos a otros.

Por ello EDUCAR no debería consistir únicamente en transmitir conocimientos preparados de algunas materias, si no en descubrir qué es lo que ese niño o niña es capaz de hacer bien, de forma natural y motivado y lo más importante ¿qué puedes hacer con aquello que sabes hacer y cómo puedes contribuir con ello a la vida de los demás? Esta una de las claves más importantes del desarrollo emocional saludable de una persona.

Lo que uno sabe puede completar lo que otro todavía desconoce. Por eso me cuesta entender el conocimiento cuando se convierte únicamente en una forma de poder. Y todavía me cuesta más comprenderlo en el arte.

Durante años he encontrado artistas extraordinariamente generosos, capaces de enseñarte una técnica, explicarte un error, mostrarte cómo preparan un material o contarte aquello que a ellos les llevó años descubrir. Pero también he encontrado lo contrario. Personas que esconden procedimientos, que protegen celosamente determinados conocimientos o que sienten que enseñar a otro aquello que saben puede hacerles perder algo.

Y creo que sucede exactamente al revés. Cuando compartes conocimiento no pierdes conocimiento. Lo multiplicas. Tanto la obra como el conocimiento puede y debe sobrevivirnos. La historia del arte es, en realidad, una enorme conversación entre generaciones. Ningún artista empieza completamente desde cero, aprendemos observando aquello que otros hicieron antes, estudiamos pigmentos que alguien descubrió, procedimientos que alguien perfeccionó, composiciones que alguien se atrevió a proponer y maneras de representar el mundo que otros artistas fueron visualizando durante siglos.

Recibimos continuamente y, después, añadimos nuestra pequeña parte. Esta idea encuentra incluso un paralelismo muy hermoso en la manera en que actualmente se entiende la transmisión cultural. La UNESCO explica que los conocimientos y las prácticas culturales permanecen vivos precisamente porque pasan de una persona a otra y de una generación a la siguiente. Y lo interesante es que, durante esa transmisión, no permanecen inmóviles: cada generación los interpreta, los transforma y vuelve a entregarlos.

Quizá ese sea el verdadero significado de un legado, no conseguir que alguien haga exactamente lo que tú hacías, sino que pueda continuar desde el lugar al que tú llegaste.

El escritor Lewis Hyde desarrolló una idea que me resulta especialmente sugerente en “The Gift: Creativity and the Artist in the Modern World”. Hyde propone pensar la creación artística dentro de dos mundos que conviven: el mercado y el don.

Una obra puede venderse. El artista necesita vivir de su trabajo y tiene todo el derecho a hacerlo. Defender que el arte debe compartirse no significa defender que el artista deba trabajar gratuitamente. Son cuestiones completamente distintas. El valor económico reconoce el trabajo. Pero existe otro valor que ningún precio puede medir: aquello que una obra provoca cuando entra en contacto con otra persona.

Una emoción, una pregunta, una manera distinta de mirar, en ese momento sucede algo maravilloso: aquello que comenzó dentro del artista ya no le pertenece completamente. Ha empezado a vivir en otro.

¿Y qué pasará cuándo nosotros no estemos?

Quizá esta sea la pregunta que más me interesa responder a modo de conclusión. Llegará el día en que ya no estemos aquí. Para entonces, el artista que hoy protege celosamente sus procedimientos desaparecerá. Naturalmente quedarán sus obras. Nada más.

Pero…Podemos dejar algo más grande. Podemos dejar conocimiento, procesos documentados, conversaciones, talleres, libros, apuntes, fotografías, errores explicados y descubrimientos compartidos. Podemos dejar nuestra manera de haber entendido el Arte y lo que significó para nosotros y todos aquellos que nos rodean. Nuestro legado artístico no consiste únicamente en conseguir que nuestras obras sobrevivan, las obras vuelan solas, adquieren su camino, crecen, se hacen importantes para otros y se marchan. Consiste en conseguir que algo de aquello que aprendimos pueda seguir creciendo en otras personas. Y esto cambia radicalmente nuestra manera de entender la enseñanza artística.

Cuando enseño a un niño a mirar un color, cuando explico a un alumno una técnica que a mí me llevó años comprender o cuando comparto un procedimiento con otro artista, no estoy creando competidores, estoy participando en una cadena que empezó muchísimo antes de que yo naciera y que, con suerte, continuará muchísimo después de que yo haya desaparecido.

Somos un eslabón, no el final de la cadena

Tal vez uno de los grandes peligros del artista sea terminar creyéndose demasiado importante. Pensar que mi técnica, mi descubrimiento, mi obra, mi manera de hacer las cosas es lo que prevalece. Por supuesto que existe una autoría y debe respetarse, pero detrás de cada artista existen cientos de personas que hicieron posible su conocimiento: maestros, artistas anteriores, libros, museos, artesanos, personas cuyos nombres quizá ni siquiera conocemos, todos recibimos algo.

Por eso quizá la pregunta que debemos hacernos como artistas no sea ¿Qué voy a crear? Si no ¿para qué y por qué voy a crear?

Quiero que aquello que aprenda pase a mis alumnos. Que ellos lo transformen. Que algún día alguno enseñe a otro algo que aprendió conmigo y quizá ni siquiera recuerde de dónde procedía. Que una idea genere otra. Que una obra inspire una segunda obra que yo nunca llegaré a ver. Porque probablemente ahí comienza el verdadero legado. No en conseguir que nuestro nombre permanezca para siempre, sino que algo bueno que pasó por nosotros continúe caminando cuando nosotros ya no estemos.

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