Cuando un niño se sienta frente al barro o ante un lienzo en blanco por primera vez, algo se detiene. Es un momento en el que aparece el silencio, la duda, la ansiedad… pero también el propósito, la ilusión, la posibilidad, el futuro abierto, la necesidad de decisión. Su cerebro y su cuerpo se disponen y se alían para trabajar juntos, los pensamientos ligeros, el desorden y la actividad frenética se sosiega y comienzan a apagarse por un momento para dar oportunidad a la escucha, la observación, a la contemplación, no hacia fuera, si no hacia dentro, porque sumirse en el Arte no es crear por crear sin un sentido o dirección, es entrar en una comunicación con un significado maravilloso.
En ese proceso, como señalan cuantiosas investigaciones en neuroeducación, se activan áreas del cerebro vinculadas con la atención plena, la regulación emocional y la integración sensorial. No solo estamos creando como les escribía, estamos reorganizando con un sentido, estamos dotando a nuestra mente y nuestro cuerpo de una coordinación enormemente beneficiosa para nuestro desarrollo como seres humanos.

El aprendizaje invisible
Pocas cosas me hacen sentir más orgullosa que las que pueden ver en las imágenes que ilustran mi artículo hoy. Los niños y yo lo llamamos «el momento en el que surge la magia» y ellos sonríen como si, por un momento, pudieran creerse a sí mismos capaces de crear algo extraordinario, no entiende aún que a ese momento revelador, inspirador y transformador es al que nos referimos con «la magia» no al resultado posterior.
Cuando intentamos levantar una forma, en ocasiones el barro se vence, hay que volver a intentarlo y ¡no pasa nada! Seguramente habrá que intentarlo de nuevo. No hay prisa, y si la hay la vamos dosificando porque nuestro cerebro entiende entonces que no nos vale, no nos es útil y hay que descartarla. Con el barro no hay un resultado inmediato y el niño, la persona, va a prendiendo poco a poco.
Aprende a esperar. Aprende que no siempre las cosas se consiguen la primera vez que se intentan. Aprende que el error no es el final, es parte del proceso y que gracias a ese camino podemos conseguir cosas a las que nunca pensamos que llegaríamos y, poco a poco, de nuevo, lo va entendiendo.
Desde la pedagogía, sabemos que este tipo de aprendizaje experiencial es el que genera esas maravillosas conexiones neuronales tan necesarias y duraderas para el desarrollo de su madurez. La repetición, el ensayo-error, la implicación voluntaria del cuerpo y el esfuerzo fortalecen las redes neuronales de forma significativa y mucho más profunda que la mera memorización. Este tipo de aprendizaje no se observa a simple vista, no lo podemos medir, tampoco deberíamos calificarlo, pero eso no le resta un atisbo de importancia, es más, tengan seguro que es el que más permanece. Se queda en las manos, se queda en la mente y de alguna u otra forma se queda en nuestra esencia en el mundo que vamos a construir.
De ahí, mi lucha por hacer entender que las enseñanzas artísticas son, y les pido disculpas por la vehemencia con la que lo defiendo, las que más deberían estar estimulándose actualmente. Creo que no somos conscientes como sociedad de la importancia que hoy día tiene que volvamos a darles la oportunidad a nuestros hijos y a nosotros mismos de crecer y desarrollarnos desde los valores de la paciencia, la humildad, la tolerancia a la frustración, la seguridad en nuestras posibilidades, la autoestima, el autocontrol de nuestros impulsos y toma de decisiones y sus consecuencias, el valor del trabajo del otro, la cooperación, la serenidad, la concentración y abstracción y podría seguir y seguir y seguir…

El barro como espejo
El proceso creativo no engaña, muestra desde el principio que si aprietas demasiado se rompe; si no sostienes suficiente, se cae; si intentas apresurar se resiste y se parte. Pero…si acompañas, si ajustas la presión, si encuentras el ritmo, responde regalando bienestar y satisfacción, estabilidad y durabilidad, tranquilidad y felicidad.
Por eso trabajar el barro nos permite aprender a observarnos y extrapolarlo a nuestra vida en general. Hay días que todo fluye y otros, en los que nada parece salir bien. y esa es una situación con la que nuestros pequeños se van a encontrar constantemente en su vida y que tienen que entender y aprender a gestionar para ser hoy niños felices y en un futuro adultos emocionalmente sanos.
Al hilo de este concepto entramos en lo que la psicología entiende como autoregulación: la capacidad de ajustar nuestras atención, emoción y acción. El trabajo manual, sobre todo con la pintura y el barro, facilita este aprendizaje.

Educar a través del Arte
En el aula de pintura o en el taller de cerámica, nosotros, los maestros, podemos ver lo anterior de forma muy clara. Los niños llegan con prisas, alterados y comienzan a bajar el ritmo. La confianza ante el trabajo comienza a aparecer. La frustración se torna en entendimiento y descubrimiento de nuevas posibilidades. Esto no ocurre porque alguien se lo explica si no porque lo ven y lo sienten: lo experimentan, lo viven.
El Arte, en este sentido, no es solo una herramienta para desarrollar habilidades, es el espacio que reúne las condiciones y recursos necesarios para la integración hemisférica: la conexión entre procesos más analíticos y aquellos más intuitivos, tan olvidados y tan necesarios para sobrevivir y tener un desarrollo equilibrado. Esto es lo más valioso mucho más allá de imaginar que nuestro hijo o hija pueden llegar a ser grandes artistas.

Un lugar para aprender a estar
Por eso, afirmo tajante, de nuevo desde la fundamentación no solo desde la pasión y el amor que profeso a mi vocación de maestra y artista, que el Arte no debería ocupar un lugar secundario en la educación. Para mí, un centro educativo que, a pesar de los contenidos dispuestos en el curriculum y el escaso tiempo, dedica una parte de este y sus recursos docentes a enseñar capacidades artísticas me merece mucho respeto.
Porque, insisto, no se trata solo de aprender a dibujar, a modelar o a pintar con la técnica correcta. El artista va más allá, se trata de aprender a mirar mucho más hacia adelante.
Se trata de aprende a estar y a «Ser»
Y eso en este mundo de hoy es casi un acto de resistencia, aquella que nos ayudará a crecer, a ser capaces de construir la vida que deseamos.
«Porque el Arte nos recuerda que nuestra historia se forja desde la experiencia y esta se convierte en el legado que somos capaces de transmitir.»
Marián Saco De Larriva
Maestra y Artista plástica
Amante del Arte, de la Educación y de la Vida





















