Gracias a lo que la sociedad ha evolucionado, muchas de nosotras compartimos hoy nuestra vida con personas que han nacido con el gen de la equidad, personas que llevan impreso en su esencia el concepto de acompañarte en lugar de retenerte, de admirarte y cuidarte en lugar de poseerte, de hacerte feliz en lugar de lastimarte y que colorean tu vida en lugar de teñirla de negro. Pero otras, desgraciadamente, siguen viviendo, día tras día, bajo el yugo del sufrimiento. Mujeres y niños para los que este mundo ha sido y es del color de la más oscura de las tristezas y cuyas causas tienen nombres desgarradores: maltrato y violencia de género.
Me gustaría que distinguiéramos entre distintos conceptos: por un lado, el de violencia. Este no tiene porqué estar reñido al de género; y por otro, el concepto de machismo. Ambos, a veces, se interrelacionan dando lugar al concepto de violencia machista. Pero hay que tener cuidado porque no siempre van de la mano.
Un niño violento a edad temprana lo es sin importar cuestión de género. Lo será con un niño o con una niña cuando crea que debe someterlo y no encuentre otra opción viable para la defensa de sus intereses. Para ellos, conciliar no es una alternativa. No existe. Por tanto, no es un camino a seguir. Ellos no empatizan con el dolor ajeno, no sienten lo que otros niños están sintiendo cuando reciben un maltrato. Puede ocurrirles por una cuestión orgánica, fruto de diversas causas que deben analizar los profesionales, como podría ser una falta de maduración en el lóbulo frontotemporal, donde reside nuestro control de los impulsos; o por conductas familiares, imitadas y, por tanto, adquiridas en el entorno donde se está desarrollando su desarrollo y crecimiento evolutivo.
“De tal padre, tal hijo”
Desafortunadamente, aún existen, a día de hoy, grandes diferencias que ponen de manifiesto que aún queda mucho por andar. Segmentos de la sociedad en los que una mujer debe acatar principios que por inercia cultural ni se cuestionan y, si se hace, se recibe el peso del castigo psíquico o físico, además del enorme estigma de la culpa. Crecer en estos entornos marca un camino claro a seguir por esos niños y niñas que pronto crecerán y se convertirán en adultos que imitarán la conducta de su padre o de su madre, y que, por supuesto, cabe la posibilidad de que lleguen a ser maltratadores psíquicos y físicos en un futuro.
Los seres humanos aprendemos mediante la imitación de nuestros semejantes, ya lo decía B.F.Skinner, padre del Conductismo, “dame un niño y lo moldearé como quieras”.
Hoy sabemos que, además de los factores orgánicos que pueden alterar la psique interna, Skinner tenía razón cuando hablaba de pautas aprendidas por factores externos y que determinan la conducta de una persona. Casi todas ellas durante la infancia. Y en esto, los agentes que intervienen en la educación de un niño son fundamentales. ¿Los primeros? Los padres; ¿después? La sociedad.
La sociedad juega un papel protagonista en esta peligrosa atrofia educativa de conceptos básicos relativos al género.
Como madre de tres varones, hija que ha crecido con un padre y tres hermanos, también varones, con los mimos sobrinos, me preocupa que determinados colectivos sociales tengan al género masculino en caza y captura. Como docente y comunicadora no me gustan las generalizaciones, odio los espectáculos de pandereta y huyo de los circos romanos. Que los hay y se siguen celebrando. Lo que ocurre es que hoy día, no echamos a los hombres al ruedo a que las “bestias” los maten. Estos días, nos divertimos de una forma más sutil. Los arrojamos a los medios a que la opinión pública despedace su intimidad, su vida, familiar y profesional, los acose y los asedie, los humille y los deje acabados, todo ello sin tener aún un juicio fundado. Nos adherimos como lapas a la montaña rusa que sube y baja vertiginosa escupiendo habladurías.
Desde mi experiencia como docente, hija, madre y esposa y, en ocasiones, amiga confidente inevitable, llevo años leyendo acerca de las posibles patologías que pueden afectar a los maltratadores, quizás porque aún, después de haber sido testigos de numerosas barbaries, nos resistimos a pensar que un ser humano pueda llevar a cabo actos semejantes si no es bajo una condición de trastorno mental. Pero no, coincido con muchos de los psicólogos y estudiosos que leo en que, independientemente del posible trastorno que pueda tener la persona que hace daño, (que obviamente los hay y no podemos negarlos y que también tiene mejor pronóstico si se comienzan a trabajar a edades tempranas), los motivos que pueden llevar a que un niño o adolescente maltrate son muy diversos y, en muchas ocasiones, tienen su inicio en conductas adquiridas en la infancia, por lo que la educación es vital.
El espejo de mi padre, el ejemplo de mi madre
Le pese a quien le pese, la mayor parte de los niños conflictivos con los que he tratado, alumnos con conductas disruptivas, falta de control de impulsos, falta de empatía, la tendencia al dominio y control de otras personas, el escaso signo de arrepentimiento, etc… no tienen en su radar la distinción de género aún en esas edades. Un niño que es agresivo, lo es sin discernir entre masculino o femenino. La mayoría provienen de contextos educativos inestables y faltos de valores y de voluntad y dedicación por parte de sus agentes educativos. Y, en muchos casos, aunque exista voluntad, esta transmite valores erróneos y, por tanto, peligrosos, o ni siquiera reconocen que hay un problema hasta que comienza a suponerlo para la familia y el entorno. Además, hay que añadir que, no siempre, pero en muchas ocasiones, entran en juego otros factores como la situación socioeconómica y cultural de una familia.
En la mayoría de los casos se solucionaría con reeducar o educar a los padres, objetivo harto difícil, por lo que, centrándonos en los pequeños, si se atiende a tiempo y se lleva a cabo una terapia basada en la modificación de conducta, y se orienta a los agentes educativos, los niños aprenden a identificar y gestionar sus emociones y salen adelante como niños que se convertirán en adultos emocionalmente sanos y responsables de las consecuencias de sus actos para ellos mismos y para los que los rodean.
Desgraciadamente, tenemos un sistema educativo con importantes carencias de recursos en orientación, necesidades educativas especiales y educación emocional, no por falta de personal especializado en la materia si no por la falta de contratación de este en los centros públicos, (un orientador por centro, cada dos semanas, para atender a todos los niños con necesidades educativas especiales, además, si el niño en cuestión es bueno académicamente no entra en la lista para atención por orientación). No todas las familias tenemos la posibilidad de acceso a dichos recursos por lo que nos toca hacerlo en casa, es nuestra responsabilidad. No en vano los padres somos los primeros agentes educativos y aunque en la escuela nos ayuden a identificar estas necesidades y a seguir unas orientaciones, la familia es lo primero en cuanto a la proyección de educación en valores.
El papel de los padres. Papá, aprendo de ti
Tanto los padres como las madres tenemos nuestra parte de responsabilidad y no, no debemos dejar que el peso de la educación recaiga sobre uno solo de ellos si no es estrictamente necesario. Ya que está más que demostrado que en el proceso educativo, cada uno de ellos influye en diferentes aspectos del desarrollo psicológico de los niños y niñas.
La presencia de papá les brinda seguridad emocional. Les proporciona confianza y que su padre pueda pasar tiempo con ellos ayuda a desarrollar una autoestima positiva en los pequeños.
Además, el padre tiene un papel fundamental en el establecimiento de límites y normas, lo que contribuye a la formación de una adecuada regulación emocional y conductual. Es un referente, que por cuestiones ancestrales y de roles de género, en el caso de los niños, tienden a querer imitar para construir su identidad y su autoimagen. Los niños no tiene aún definida una imagen de si mismos, se ven tal y como perciben que los demás los ven. Por lo que es vital que el padre se muestre ante ellos tal y como quiere que en un futuro sus hijos se muestren ante él y ante la sociedad.
Mamá, tu tienes la solución
Ahora me dirijo a nosotras y lo siento, lo siento porque con mi escrito voy a ser clara, sinceramente objetiva y os voy a exigir. Y algunas pensaréis, ¿más? Sí. Aún en esos momentos en los que ya no podíais más, pero, no os voy a exigir más de lo que yo me exijo a mí misma cada día.
Como madre, me doy cuenta, cada día más, que la realidad es que nosotras también formamos parte de todo esto, no podemos descargar la culpa solo en una cuestión de “género” refiriéndonos a la tradición de exceso de sometimiento que se otorga al género masculino, porque la educación es un proceso en el que intervenimos todos y es cíclico, donde lo que ocurrió ayer volverá a suceder mañana hasta que alguien lo corte. Y sabemos, que en numerosas ocasiones somos nosotras las que, sin pensar en las consecuencias, estimulamos y enfatizamos conductas machistas. Con nuestros hijos e incluso con otras mujeres que, según nuestro criterio basado en conceptos arcaicos, no actúan como buenas madres o esposas, concepto muy romántico este «esposo o esposa», presente de indicativo del verbo esposar. Apresar, encadenar, atar, inmovilizar…
Elegir con quien quiero compartir mi vida, una cuestión de educación…
«Al arbolito desde chiquitito» Todos sabemos que una parte de responsabilidad importantísima de la lucha contra la violencia de género la tenemos las madres.
“La madre debe ser la mujer que ella admire, su referente durante toda su vida y aquella con quien él se sienta seguro de compartir su vida y el padre debe ser el espejo donde ellos se vean reflejados y el compañero que ellas desearían tener a su lado en el futuro”.
Las madres somos responsables:
– Cuando nos cargamos un peso absoluto que debería ser compartido y no ponemos rutinas en las que todos los miembros del hogar tengan una responsabilidad.
– Cuando decimos no a esa salida o viaje con amigas por no molestar o desestabilizar la rutina de nuestro hogar.
– Cuando decimos no a esa oportunidad de trabajo porque sabemos que significará problemas en casa al faltar y tener que compartir responsabilidades, pero, en cambio, apoyamos, como si se nos fuera la vida en ello, sus oportunidades: las de nuestros hijos y maridos sin importar el tiempo y la ilusión que dediquemos en ello.
– Cuando ponemos como excusa el cansancio de la maternidad para desatender nuestro desarrollo profesional y personal.
– Cuando nos convertimos en “correcaminos” para llegar a tiempo a todas partes a costa de nuestra salud en lugar de priorizar y si no se puede, ¡no se puede!
– Cuando comenzamos a disculpar que nos falten el respeto y no nos damos cuenta de que eso es solo una consecuencia de que nosotras somos las primeras que no nos respetamos a nosotras mismas.
– Cuando permitimos que atender una llamada de trabajo sea más importante que solucionar una cuestión familiar.
– Cuando cedemos para mantener la armonía en el hogar.
– Cuando no implicamos a nuestros niños en las mismas labores que implicamos a las niñas ni con la misma exigencia.
– Cuando no estimulamos a nivel deportivo igual a nuestras niñas que a nuestros niños
– Cuando enseñamos a nuestros hijos un concepto de amor romántico, idealizado y equivocado en el que dejamos atrás variables importantes a tener en cuenta como la educación, la compatibilidad, las prioridades, la similitud en los gustos, la forma de ver la vida. (Próxima semana)
y a mayores:
– Cuando tenemos miedo y no lo contamos.
– Cuando cedemos a las amenazas no lo ponemos en conocimiento.
– Cuando creemos que una separación será el mal para nuestros hijos y sacrificamos nuestra propia felicidad.
-Cuando, cuando, cuando…
La educación de una sociedad justa e igualitaria debe tener origen de cuna y esto comienza desde nuestro propio ejemplo como padres, poniendo todo de nuestra parte para que el espejo donde se miren sea el mejor en el que puedan hacerlo; también, todos los mecanismos que estén en nuestra mano para identificar en nuestros hijos conductas que sean inquietantes y buscar ayuda para darles una oportunidad de ser adultos felices y sanos emocionalmente.
Como madres y esposas, debemos trabajar dejando bien claros los límites del respeto y la libertad psíquica y física que no se pueden sobrepasar bajo ningún concepto y de los que nuestros pequeños aprenden por imitación como esponjas que absorben a velocidad vertiginosa. Así aprenderá el niño que esa conducta de papá es la que debe reproducir, y aprenderá la niña que la forma de comportarse de su madre es la correcta y asumirá el rol que marcará el camino de su vida en pareja y en sociedad en general. Por ello, no sólo debemos ser valientes para cambiar nuestra realidad si no también para hacerlo por la que será la futura de ellos.
«Tanto si soy niño o niña aprenderé a respetar , a no agredir y a no someter porque es lo que he visto en mi hogar. Igualmente, aprenderé a valorarme y a elegir con quién quiero compartir mi vida porque no quiero tener al lado lo que no me hace feliz».
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