La Educación artística como promotora de valores y resistencia cultural: salud cognitiva y emocional, lenguaje y comunidad.

Vivimos en la cultura de la inmediatez. Todo sucede muy rápido: la información, las imágenes, los problemas, las soluciones. ¡Vivimos demasiado rápido! Quizás no hayamos reparado en ello, pero en la infancia hace eco involuntario este entorno de estímulo constante y poco espacio para la pausa: sobreestimulación, productividad constante, pantallas, actualizaciones… cuando aún nuestro cerebro no ha descodificado del todo, ha reconocido y ha anclado patrones, «actualizamos». Qué sin sentido pedagógico.

En este contexto, enseñar Arte a un niño- de verdad- es un acto de resistencia que aboga por devolver a la infancia el tiempo necesario para sentir, crear y pertenecer.

La lentitud como proceso pedagógico

«La lentitud no es hacer menos, es hacer mejor«

La pintura, la cerámica, la escultura… obligan a esperar, entender y escuchar el proceso, aceptar el error, reflexionar, conocer, expresar. Conceden a los más pequeños el espacio que su pequeño cerebro necesita para conectar y llevar a cabo el verdadero proceso de aprendizaje que no es otro que entender, interiorizar y asentar, algo que necesita tiempo y que la sociedad de hoy les está robando. La productividad y la optimización del tiempo se han convertido en valores centrales, no solo en el ámbito económico, también en el educativo. Por ello, la infancia no ha quedado al margen de esta «lógica»: agendas saturadas, evaluaciones constantes, medición del rendimiento… y lo peor viene cuando algún niño se suelta de la espiral continua de movimiento o demanda ir por otro camino, entonces los juicios, como no podrían ser de otra forma son… ya lo habrán imaginado, rápidos: «su hijo padece posiblemente un trastorno por déficit de atención con probable hiperactividad, además no sencilla, si no combinada…» y así podríamos seguir.

Hago aquí una parada para añadir un apunte importante. Como maestra, no resto un ápice de importancia al diagnóstico «correcto» del TDAH o de la hiperactividad, cuyo conocimiento ha hecho posible que niños a los que antes se les «tachaba» de fracaso escolar, ahora con el entrenamiento, las pautas y, si lo precisan, la medicación adecuada, son alumnos que adquieren una madurez cognitiva optima y un desarrollo evolutivo potencialmente positivo emocional, conductual y académico y que tienen una vida saludable personal y profesional.

Volviendo a la «lentitud», el movimiento «slow», popularizado por Carl Honoré en «El elogio de la lentitud» (os lo recomiendo muchísimo), propone una recuperación del ritmo adecuado. Honoré sostiene que la lentitud no implica ineficiencia si no profundidad y sentido para hacer sobre cimientos sólidos. Aspectos que en algunos ámbitos de nuestra vida son indispensables por las consecuencias graves de sacrificarlos, por ejemplo, no querríamos ser operados por un cirujano impaciente, o vivir en una casa cuyo arquitecto no se ha tomado el tiempo necesario para calcular correctamente una estructura, una revisión incorrecta en un avión o de una vía de tren o una mamá cuyo bebé nazca en seis meses en lugar de nueve. ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos?

Entonces ¿Dónde y cómo se educa la paciencia?

La paciencia se construye fortaleciendo la conexión entre varias áreas del cerebro (la corteza prefrontal, el sistema límbico que regula las emociones y nuestros circuitos de recompensas promovidos por las hormonas como, por ejemplo, la dopamina) cuyo entrenamiento durante la infancia y hasta más o menos los 20-25 años es fundamental para regular la capacidad de planificar, controlar impulsos, sostener un proceso, tolerar la frustración mientras se posterga la gratificación y entender que los resultados inmediatos no son seguros en casi nada en la vida.

Trasladado al ámbito artístico, el desarrollo de las capacidades artísticas favorece la maduración de los circuitos cerebrales implicados en la auto regulación. Al sostener procesos lentos y tolerar la frustración creativa, el niño fortalece la conexión entre emoción y pensamiento, base neurobiológica de la paciencia.

Antes de pintar hay que imaginar, pensar en la composición, bocetar, encajar, realizar una paleta de colores; el barro necesita secar; el esmalte, reposar; el tercer fuego, dos cocciones anteriores. El Arte, como la vida, impone un ritmo que no puede violentarse «sin fractura».

Así, el proceso artístico introduce una pedagogía del tiempo que enseña a esperar, a observar, a focalizar la atención, a sostener la incertidumbre y esto los prepara para soportar la propia cuando sea necesario a lo largo de la vida.

Frente a la dispersión digital, el acto de crear, ya sea en la pintura, la escultura, la música, la escritura exige abstracción y concentración sostenida, escucha mental y corporal y conciencia en nuestros actos.

El Arte no es tan sólo un lenguaje si no una forma de pensamiento

Una vez que conseguimos que el proceso de aprendizaje haya cogido en ritmo y la forma adecuados comienza un proceso que resulta infinito y exponencial y que abarca todas las áreas del desarrollo humano.

La educación artística no solo promueve el desarrollo de habilidades técnicas; es, sobre todo, una escuela de valores: de respeto por la diversidad, escucha activa, empatía, tolerancia a la frustración, trabajo de la autoestima y seguridad en sí mismos, capacidad de crítica constructiva, abstracción, relativización… que emergen de manera natural en el niño cuando se trabaja desde el Arte.

Como señalaba Loris Malaguzzi, padre del modelo educativo Reggio Emilia, el niño tiene cien lenguajes con los que se expresa, pero, desgraciadamente, algunos modelos educativos se encargan de dinamitar 99 de ellos. La expresión plástica (el dibujo, el modelado, el movimiento, el color), verbal, escrita, corporal, simbólica…nos recuerdan que el ser humano no se expresa tan sólo con la palabra. La educación artística valida estas cien formas de expresión, especialmente en la infancia pero también en la adolescencia y la edad adulta. Al hacerlo, reconoce y legitima que cada persona piensa, siente y comunica de manera distinta.

Trabajar desde esta pluralidad de lenguajes es un acto profundamente inclusivo. Ayuda a crecer a aquellos que encajan pero también a los que no lo hacen en el modelo educativo tradicional y propone un lugar desde el que expresarse, fortaleciendo su autoestima y su vínculo con el aprendizaje. De esto tengo muchas experiencias positivas con las que avalo esta idea en el terreno personal y profesional.

El Arte como proceso relacional

Más allá del individuo, la educación artística tiene un enorme potencial para construir comunidad. Además de favorecer el desarrollo cognitivo de forma correcta y promover la educación en valores, el Arte defiende que el aprendizaje no tiene criterio si el conocimiento no se construye desde el diálogo con otros. El taller, el aula o el espacio creativo funcionan como un microcosmos social donde se aprende a convivir, a compartir, a cuidar y respetar y a celebrar la diversidad.

Crear juntos genera vínculos que se convertirán en el germen del futuro trabajo en equipo. Todo deja de ser propio para entender que si nuestro relato no es compartido no cobra sentido. Los artistas necesitamos comunicar y compartir aquello que creamos, debe tener un fin, una motivación, un significado. El Arte promueve conciencias propias y ajenas, actúa como un lenguaje común que crea historia compartida, une generaciones, culturas y sensibilidades diversas.

Por ello, defiendo la idea de que en un mundo, cada vez más fragmentado, la educación artística se revela como una forma de resistencia cultural: preserva nuestra memoria, transmite saberes y valores y nos abre a experiencias colectivas, nos recuerda de dónde venimos y a dónde estamos llamados a llegar.

Marián Saco De Larriva

Maestra en Educación Primaria y Lengua Extranjera

Artista plástica

Fundadora del proyecto «Mi Primera Obra de Arte»

@saccoestudiodearte

La importancia de parar: volver a sentir para volver a ser. El arte como cura

Vivimos demasiado de prisa

Acelerados en el trabajo, en casa, en la crianza de nuestros hijos, en la forma en la que nos comunicamos y hasta en la manera que descansamos. Me preocupa esta tendencia a llenar cada minuto de actividad, de estímulos, de ruido. Hemos confundido estar ocupados con estar vivos cuando es precisamente lo contrario lo que nos conecta con nuestro yo interior. En esta carrera constante estamos perdiendo la noción de algo esencial: el «aquí» y el «este momento» dónde y cuándo conectamos con la realidad de la vida y con aquello que nos hace humanos.

¿Es que acaso nos da miedo enfrentarnos a esta realidad? A la de reconocer que somos humanos. ¿Nos asusta parar? Esta alerta constante ha generado en nosotros una desconexión con nuestro yo, un espacio vacío y ya sabemos de sobra que la distancia hace el olvido. Nos incomoda la sensación de estar un rato con nosotros mismos como nos incomodaría estar sentados frente a alguien a quien no ves desde hace un tiempo y con quien se te ha olvidado de qué hablar y si el uno con el otro tenéis algo en común. Para más «Inri» en un momento de lucidez puede recordarte algo que no te gustaría escuchar ni sentir.

Cuando dejamos de sentir

Hemos llegado hasta aquí gracias a nuestros sentidos: observar, respirar, oler, degustar, tocar, escuchar, están ahí para recordarnos que estamos vivos. Sin embargo, cada vez los usamos menos. Comemos sin saborear, respiramos sin darnos cuenta, miramos sin ver y, a menudo, oímos por tres o cuatro canales distintos cuando solo tenemos uno, lo que vuelve loco a nuestro cerebro, (se llama contaminación acústica, o intoxicación diría yo. Intentamos prestar atención a un audio, mientras tratamos de seguir atentos a lo que tenemos delante y estamos pendientes del ordenador mientras escuchamos de fondo el sonido de la Tablet de nuestro hijo y la tele por otro lado, atendemos sus demandas e intentamos poner en orden todo lo que nos queda por hacer hoy y los días siguientes. El ruido interno también nos afecta) Es una LOCURA.

Lo que aprenden nuestros hijos cuando nunca paramos

Los niños no aprenden de lo que decimos si no de lo que hacemos. Imitan por instinto y muchas de las actitudes que desarrollan no son genéticas, son adquiridas. Es decir, tu hijo o hija no hace eso igual que tú porque lleve tu sangre, lo hace porque te observa desde que nació.

Si nos ven siempre con prisas, con el móvil en la mano, sin espacio para el silencio o la contemplación, si nos dejamos llevar por la inercia de los malos modos, de la ausencia de tiempo para dar un beso o las buenas noches, si no nos ven con un libro en la mano, o disfrutando en familia de un paseo o una buena película, si arrancamos de nuestro día a día cosas esenciales porque no hay tiempo para ellas, si tiramos de su mano cuando intentan enseñarnos el arcoíris porque llevamos prisa, o respondemos con un «venga, no te pares» cuando intentan comunicarse con nosotros, interpretarán que eso es la vida.

Una vida sin pausa que genera adultos con dificultad para:

  1. Escuchar su cuerpo
  2. Reconocer sus emociones
  3. Gestionar la frustración
  4. Controlar sus impulsos
  5. Planificar y ejecutar tareas sencillas y complejas
  6. Analizar situaciones desde la calma sin dramatizar
  7. Tener relaciones sociales saludables
  8. Empatizar con sus iguales
  9. Desarrollar la creatividad
  10. Entender la importancia de la generosidad y el agradecimiento
  11. Medirse y superarse a sí mismos
  12. Ser resilientes y adaptativos a los cambios
  13. Encontrar sentido a su vida

He notado la angustia de muchos papás de adolescentes cuando me dicen: Marián, no se por qué es así, pasa de todo, no le interesa nada, no sabe que quiere estudiar, le hablas y parece que hablas con la pared, le da igual si hace frío o calor. Está metido en su mundo con su móvil.

¡Bienvenidos al mundo de la desconexión del «Ser»! La aceleración constante no solo nos agota, nos deshumaniza y ahora, en este punto, es más duro porque como siempre os digo, eliminar un hábito es mucho más difícil que enseñarlo correctamente desde edad temprana. Es cuando nuestra corteza cerebral está en pleno desarrollo cuando tenemos que alimentarla.

Parar no es perder el tiempo es ordenar

Orden, paciencia, tiempo. Que palabras más bonitas.

Todo ocurre cuando hay orden, paciencia y tiempo.

Las ideas maduran en silencio. La intuición aparece cuando dejamos de forzar. El crecimiento emocional y físico necesita pausa, si no por qué dormimos. Parar no es hacer menos, es hacer mejor.

Cuantas veces he escuchado las frases de: es que venimos a este mundo sin libro de instrucciones; es que nadie nos enseña a ser padres; si tuviéramos la receta…

¡ Aquí la tienes! No hay más

La vida es vida desde hace millones de años. Esto no es nuevo, no queramos venir ahora a inventar aquello que siempre ha dado resultado. O ¿por qué hemos evolucionado si no de esta forma tan increíble? Pues, porque el ser humano siempre ha sabido hacer las cosas, no todo ha sido malo ni en vano. El cerebro humano necesita esquemas claros y ordenados, tranquilidad para analizar las situaciones y tiempo para llevar a cabo el aprendizaje para desarrollar nuestro potencial y vivir una vida productiva y con sentido y como consecuencia feliz emocionalmente.

El Arte como camino de regreso

Quizás no podamos frenar el mundo, pero si podemos crear espacios y momentos en los que el tiempo quede suspendido entre motas de color, sonrisas e ilusiones que iluminen nuestra calma y nos devuelvan lo que la prisa nos roba.

El Arte, por naturaleza, es un acto humano lento, implica imaginar, observar, analizar, escuchar, buscar, tomar consciencia, tocar, equivocarse sin miedo, esperar, fluir, sentir. El Arte no busca resultados, busca presencia. Por ello es una de las herramientas más poderosas que existen para reeducarnos a dedicarnos tiempo para reencontrarnos y recuperarnos a nosotros mismos y a nuestras relaciones de amistad y familia.

Y aunque las posibilidades son infinitas, desde Mi Primera Obra de Arte, os proponemos algunas actividades muy interesantes y fáciles de hacer. No se trata de hacer grandes cosas, si no de crear pequeños rituales conscientes que se convertirán en grandes mejoras con las que podríamos empezar a darle forma a nuestra nueva vida y la de nuestros niños.

🔹Se acabo sentirse culpable por olvidar. Somos humanos y nuestra mente tiene limitaciones. Planificar los domingos por la tarde nuestra semana en una agenda, aunque sean pequeñitos, esto les encanta. Nos ayudará a nosotros y a ellos. Enseñarles desde la infancia la importancia de «descargar» y ordenar nuestros horarios en una agenda para no responsabilizar a nuestro cerebro cuando algo se nos olvide. Llevamos demasiadas cosas en la cabeza y esto nos permite tenerlo todo controlado sin necesidad de una energía extraordinaria. En esta agenda podremos poner los horarios del cole, de deportes, clases de Arte, visita a la peluquería, acontecimientos sociales, además de todas sus obligaciones escolares como tareas, trabajos y exámenes y sus planes del fin de semana.

🔷Salir a caminar de vez en cuando sin prisa y sin rumbo. Pasear por pasear. No ir sumido en nuestros pensamientos, detenerse con ellos a hablar de lo que vemos, observar hojas, sombras, olores, colores, piedras, el tiempo y comentarlo juntos.

🔷Compartir momentos de lectura, dejar el móvil a un lado un rato, ver una serie en familia o un documental de Arte en Youtube. Dejar que lo escojan ellos de vez en cuando pero hacerles entender que, a veces, también deberán compartir nuestras preferencias. Es importante que sean conscientes que todos somos importantes y tenemos nuestras necesidades y también queremos que las compartan con nosotros.

🔷Dibujar sin objetivo. Sentarnos juntos en familia para realizar cada uno la actividad que le guste. Dibujar, leer, escribir, pensar… Dibujar libremente sin condicionantes es una actividad muy relajante, si además se realiza con música nos envuelve en una atmósfera muy placentera. (En la escuela, a veces, nos sorprenden bailando al ritmo de la música o tarareando mientras pintan. Es un momento muy entrañable)

🔷Escribir. Crear a través de la palabra es una de las actividades más importantes para nuestro desarrollo cognitivo y que desgraciadamente la tenemos muy olvidada. Tiene infinitos beneficios. Preparar un momento a la semana en la que ambos escribáis algo interesante para que el otro lo lea es una actividad muy beneficiosa además de muy divertida para ellos.

🔷Modelar con barro o plastilina. Pedirles que dibujen una forma cualquiera, este paso previo es muy importante. Luego invitarles a realizarla con barro o pasta de secado al aire. Conectar con el tacto, con la tierra, sentir su temperatura y su textura. El barro nos obliga a ir despacio y nos permite crear una forma de aquello que habían imaginado.

🔷Crear un pastel y decorarlo. No es necesario que sea una fecha señalada para poder cocinar con nuestros niños. Actividades como cortar, pelar, remover, son esenciales para la psicomotricidad además de muy divertidas para ellos y para los adultos. No es necesario que lo hagan perfecto. A menudo nos estresamos por el resultado, eso no es importante, su cerebro está trabajando en mejorar, eso no se hace de un día para otro. Es igual que cuando hacen su cama, lo importante no es que la hagan bien si no que la hagan.  El Arte se extiende a todas las facetas cotidianas de  nuestra vida, también a la culinaria. ¿Quién sabe si tenemos un pequeño gran chef entre nosotros?

🔷Nuestro pequeño jardín. Pedirles que pinten una flor que les guste. La mayor parte de las veces, las flores que pintan los niños son fácilmente identificables con el chat GPT. Intentar comprarla. Plantarla con ellos y ayudarles a cuidarla. Le han dado forma real a un pensamiento previo, esta etapa de análisis previo y bocetaje es importante de forma transversal en todas las áreas de nuestra vida, también en la artística. Nos ayuda a evaluar de dónde partimos y a dónde queremos llegar.

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